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Podcast para profesores “Te lo digo en serio” – #3 Sobre las primeras veces.

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Zapraszam Cię do posłuchania mojego humorystycznego podcastu dla nauczycieli. A jeżeli nie lubisz słuchać podcastów, poniżej znajdziesz transkrypcję. 😃 Te lo digo en serio – podcast para profesores.

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[transcripción]

EPISODIO #4

Sobre las primeras veces.

¡Hola!

¡Hola!Saludos desde la Polonia veraniega y soleada, porque este episodio lo estoy preparando en plenas vacaciones con mosquitos y otras atracciones. 😃 Yo soy Aga del blog oleedu.pl y este es mi pódcast – Te lo digo en serio, un programa para profes con una pizca de mi humor polaco.  En el episodio de hoy, vamos a hablar sobre los dedos de metal, el jersey que pica, los flequillos recortados y las primeras veces.

Pues eso… empezamos la segunda temporada de Te lo digo en serio. La primera fue un pelín corta, pero primero – no sabía si me iba a gustar lo de hacer mi propio pódcast. Y segundo, no sabía si a alguien más le iba a gustar mi pódcast. Pero como ha resultado que sí, gracias a ti, me he animado y sigo creando. 😉 

Y como te he dicho, esta vez vamos a hablar sobre las primeras veces. Pero no serán ESTAS primeras veces. 😉 Este es un pódcast educativo, aquí hablamos sobre las cosas decentes y docentes. 😉 Pienso que siempre recordamos algo que hacemos por primera vez y nos emociona. Estas primeras veces pueden ser muy agradables o nos pueden desilusionar a tope (Dios mío, creo que no evitaré las alusiones a ESTAS primeras veces, pero continuo para no enredarme más). 😉 

Yo también te contaré algunas cosas que hice por primera vez (no, no serán ESTAS).Por ejemplo, una vez mi madre me dijo: <<Hija, mía. Hoy iremos al dentista y será una experiencia muy chula>>. Me imagino que dijo algo así, aunque en realidad, seguramente no me dijo nada, sino que me llevó ahí. Pero, y de esto estoy segura, me dijo que si me iba a comportar bien, me compraría una caja nueva de los bloques de Lego (que me encantaban).

Pues acepté la propuesta, pero… cambié de opinión cuando vi todas las herramientas que había en el gabinete. Parecía una sala de torturas. Además, en aquel momento, no te daban la anestesia cuando querías, pues ya sabía yo que esto iba a doler. Me senté en el sillón, pero decidí no abrir la boca. La asertividad sobre todo. 😉 La dentista no era muy simpática, intentaba abrirme la boca con fuerza, yo me puse nerviosa y empecé a llorar como una magdalena. Cuanto más intentaba hacerme algo cerca de la cara, más lloraba y gritaba yo. En un momento la mujer dijo: <<dedos de metal>>. Entonces pensé que se había vuelto loca, pero no, resultó que las dentistas horribles tenían dos dedos de metal que se ponían sobre sus dedos. Y cuando el niño gritaba, se los metían rápidamente en la boca y ya no la podía cerrar. Ahora cuando pienso en esto, me parece algo horriblemente horrible, pero cuando vi para qué servían los dedos de metal, pensé: <<conmigo no te saldrá este truquito, bruja>>. Cerré la boca y no dije ni un pío para que no me los pudiera meter. Ya veía mi caja de Lego marchándose, despidiéndose de mí y quitándose las lágrimas con un pañuelo blanco, pero ya no había marcha atrás. Finalmente, todos se rindieron y nos fuimos a casa. ¿Si recibí mi Lego? Sí, porque le conté la historia a mi abuela y me los compró ese mismo día. 😉 Aga, la listilla. 😉 Vaya mentira y desilusión la primera visita al dentista. Menos mal que no tengo traumas, pero las visitas ahora me parecen una maravilla porque es un SPA para la boca. La dentista tiene todas las herramientas que parecen de la NASA, además, cuando me hace la limpieza de dientes utiliza algo que huele y sabe a champán de fresas. La visita es muy agradable, que si patatín, que si patatán y ni te das cuenta y pa’ casa. 😀 Y como no duele nada, algunas veces me ha pasado que me he quedado dormida en el sillón. Mi madre debería haberme comprado cien cajas de Lego para pedirme perdón, esta es mi opinión ahora. 😉

Otra primera vez fue un regalo que nos hizo mi padre. Es que mis padres de verdad tendrán que pagarme una indemnización, te lo digo en serio. Porque mira, mi padre una vez se fue a Cáucaso. De vacaciones. Normalmente la gente se va a la playa, pero él organizó un viaje con mi abuela (la que me compró Lego y que fue su suegra). Mi madre se quedó con nosotras en casa y ellos se fueron con un grupo organizado. Y mi madre nos decía que ay, que mi padre le llamó y que le dijo que tenía un regalo superchulo para nosotras. Y nosotras muy contentas pensando en lo que nos iba a comprar. ¿Igual las muñecas Barbie caucasianas con sus casitas y un perro? ¿Algún peluche? ¿Algunos platos para jugar a las meriendas? No. ¿Qué nos compró mi padre? Mi padre nos compró dos jerséis de lana de las cabras caucasianas. Un regalo maravilloso para sus hijitas. Alguien me puede decir: <<¿Cuál es tu problema, Aga? Eras una niña mimada y desagradecida>>. Pues no. Ahora imagínate un jersey de colores llamativos (el mío blanco y rojo como la bandera polaca, el de mi hermana blanco y azul), de cuello largo y de lana de cabra. La lana que picaba la piel de manera horrible y en tres minutos ya te sentías como en una sauna finlandesa. Yo sé que vivo en un país nórdico, donde de vez en cuando hace frío, pero por el amor de dios cabrero, no tanto para llevar una ropa así. Y siempre cuando le preguntábamos a mi madre si podíamos salir de casa sin chaquetas, cuando salían los primeros rayos del sol primaveral, ella decía que sí, pero que nos pusiéramos aquel jersey. Los llamábamos <<cabras>> y los odiábamos con todo nuestro corazón infantil. Cuando éramos más pequeñas igual no protestábamos tanto, pero luego, empezamos a discutir en casa y, siempre cuando nuestra madre nos obligaba a ponernos las malditas <<cabras>>, parecía un espectáculo. Solamente nos faltaba un presentador en su sombrero, que saludaba a la gente como en un circo, diciendo: <<Bienvenidos y bienvenidas al circo polaco. Hoy en el programa llantos, dramas, histerias, peleas con una pizca de las traumas infantiles>>. En algún momento, los jerséis desaparecieron en el armario y a mi madre se le olvidaron. Pero cuando los encontró y decidió tirarlos a la basura, fue uno de los mejores momentos en nuestra vida. 

Ahora la última anécdota relacionada con las primeras veces donde los protagonista también serán mis parientes. Esta vez mi hermana. Y yo, claro. Y el pelo. Así que seguimos con mi periplo de traumas. Si has escuchado mi pódcast sobre las neuronas, ya conoces la historia de mi pelo y los plátanos. Si no, te invito a que lo escuches, es el episodio número 1 titulado <<¿Te patinan las neuronas?>>. Pues esa no fue la última tontería que se me ocurrió. De verdad, cuando miro atrás y pienso sobre mi infancia-adolescencia, solamente falta preguntar utilizando la frase célebre de la Veneno: <<¿Qué currículum tiene esa tarántula?>>.

Ya no me acuerdo de cuántos años tenía, pero se me ocurrió cortarme el pelo con mis propias manos. Pero no sé por qué, me corté solamente una franja justo en el centro de la frente. Una franja de 3 centímetros, más o menos. Algo como el flequillo de 3 centímetros de grosor en el centro. Pero lo corté casi hasta la piel, así que no se veía nada. Pero, el pelo empezó a crecer, lógico, y un día mi madre dice: <<¡Qué pelo más raro y divertido! ¡Mirad cómo le crece el pelo a nuestra Aga!>> Y yo no dije nada. Guardé ese secreto durante muchos años y mi madre siempre contaba esa historia. Y de verdad, me sentía muy desilusionada cuando ese pelo empezó a crecer de esta manera horrible. 😃 Hace unos años, cuando mi madre intentó contar la historia en mi casa por enésima vez, finalmente, le dije toda la verdad. Ayyy, dios, la cara de sorpresa que puso la pobre… Pero unos años más tarde, después de mi recorte magistral, mi hermana iba a salir de viaje a Grecia y quería ir al peluquero para… recortar el flequillo. Y como yo pensaba que sabía hacerlo bien, le ofrecí mi ayuda. Aparentemente, se me olvidó mi experiencia flequillera. Desgraciadamente, no sabía que si recortabas el pelo mojado y luego lo secabas, te saldría más corto. Así que, la pobre se fue de viaje furiosa y con un flequillo asqueroso, porque era demasiado corto. Pero luego, llegó la venganza del universo, porque un día, ya de adulta, quería teñirme el pelo y me quemé el flequillo. Mi pelo parecía de goma y, cuando estaba mojado, podía estirarlo. Ya te decía yo que el plátano no fue la primera ni la última idea loca. 😉

Pero… de las primeras veces que desilusionan, también aprendemos. Yo ya ni recorto, ni tiño el pelo en casa. Cuando voy al dentista, me tiene que prometer que no me dolerá y tiene que darme 3 litros de anestesia. Además, no me pongo nada que provoca el picor de la piel. 😉

Estamos casi en septiembre, pues casi todos vuelven al cole. Yo, como trabajo en la universidad, vuelvo en octubre, tanta suerte tenemos. 😉 Pero dejé de trabajar en un colegio hace un par de años, a causa de la reforma de educación que lo cerró a cal y canto y los profes de patillas a la calle, pero mi pódcast tiene que divertir, pues mejor correr un tupido velo sobre el caso. Pero aún me acuerdo de mi primera vez en el cole como profesora. No conocía a nadie – una profe recién graduada. La directora me enseñó el despacho de profesores, me entregó mi plan de clases y <<hasta luego, Maricarmen>>. Estos son tus alumnos, enséñales algo de español. Y, en aquel momento, tuve dos situaciones: una muy desagradable y una muy simpática. 

Voy a empezar con la desagradable. En aquella época, las clases de español fue algo totalmente exótico en las escuelas públicas, especialmente para adolescentes de 13 a 16 años. Pero, en mi colegio, los alumnos ya habían tenido las clases de ELE con otra profesora que, por sus motivos personales, tuvo que dejar el puesto. A los alumnos les encantaban sus clases, su personalidad y no esperaban el cambio. Luego llegué yo, una profe joven, sin experiencia. Y de verdad, intentaba hacer todo lo que podía para organizar unas clases estupendas, pero los alumnos se enfadaron con todo el mundo y querían tener clases con su exprofe. No todos, claro, porque había un grupo que apreciaba mis ideas y quería estudiar conmigo. Pero, por otro lado, había un grupo fuerte de “las estrellas” que intentaba dominar el resto. En aquella época, me sentí horriblemente mal. Hasta estaba a punto de decir que voy a acabar el trabajo ahí porque la situación me agobiaba. Y, como no conocía a nadie y a nadie le importaba mi persona ahí, de verdad me lo pasé fatal. No sabía qué hacer y tenía todo el derecho a no saberlo porque durante los estudios, tampoco me lo habían enseñado. Pero, en aquel momento, pensaba que la culpa era totalmente mía y que no era una profesión para mí, te lo digo en serio, esta vez.

Pero por otro lado, recibí un grupo de principiantes que justo empezaron la escuela. En Polonia, en el sistema educativo anterior, los alumnos primero, iban a la guardería y luego con 7 años empezaban la escuela primaria que duraba 6 años. Luego, 3 años del colegio llamado gimnazjum y luego 3 o 4 años del instituto, depende de la escuela. Pues, yo trabajé con los de gimnazjum de 13 a 16 años. Fueron sus primeras clases en un grupo nuevo y me enamoré totalmente de esos chicos y chicas. Pasamos 3 años maravillosos y, gracias a ellos, conocí a mi marido que empezó a trabajar ahí el mismo año que yo. Fueron nuestros alumnos los que montaron una trama para que podamos hablar más yo y él. En nuestra escuela, se organizaban discotecas, pues me invitaron a mí y a mi marido como profes para vigilar. A mí me dijeron que mi marido iba a venir si venía yo y a él le dijeron que yo iba a venir si venía él. Y acabamos como un matrimonio con un niño pequeño y los alumnos llegaron a nuestra boda casi todos, tres o cuatro años después de acabar el cole. 😉 Pero al principio, también todo era un poco raro para mí porque antes no tenía ningún contacto con este tipo de jóvenes. La edad de pavo la conocía solamente de mi propia experiencia. 😃 

En la primera clase, uno de ellos, el más pequeño, entró en el aula a gatas porque pensaba que de esta manera no iba a ver que llegó tarde (porque fue a la tienda a comprarse algo de beber). Además, luego me dijeron que en Barcelona no se hablaba español sino el portugués y que español es la lengua oficial de Bélgica. <<Empezamos bien>>, pensé entonces. 

Finalmente, todo acabó bien, pero el primer año de profe no fue para mí coser y cantar. Luego, aprendí rápido, conocí a más personas y tuve el apoyo de la directora. Ahora pienso que si en aquel momento, al principio hubiera tenido a un profe-guía en el cole, una persona con la que hubiera podido hablar, todo habría sido mucho más fácil. Igual debería haber pedido ayuda yo misma, pero por alguna razón no lo hice. Por la razón que se llama la personalidad introvertida. 😉 Por eso, si eres un profe novato que empieza su aventura, ten en cuenta que puede ser difícil, pero no vale la pena comerse la cabeza y pensar que es tu culpa. Lo que vale la pena  es preguntar a alguien, pedir ayuda no es nada malo. Además, si en tu centro nadie te quiere ayudar o no te puede ayudar y no puedes cambiar de centro, primero en las redes sociales hay un montón de grupos para profes que seguramente te podrán aconsejar algo. Pero, hay que expresar las dudas explícitamente, esto es más que seguro. Pero si eres un profe con experiencia y ves que en tu centro hay un profe nuevo, no te va a costar nada acercarte y preguntar qué tal está y que igual necesita tu ayuda. Yo ahora soy madre y creo que esas hormonas maternales me han vuelto más empática y si pienso que un profe nuevo y joven puede estar triste y sentirse desamparado, me da mucha pena. Tengo que tener más cuidado porque igual un día me acercaré a uno con una bolsa de bocadillos, preguntando si quiere que lo lleve a casa y que lo adopte. Entonces, seguramente me mandarán a comprobar mis neuronas, por primera vez. En una habitación sin manivelas y con rejas en la ventana. 

Ahora nos esperan nuestras primeras clases, algunas con los grupos que conocemos, otras con los estudiantes totalmente nuevos. Por eso, hay que tener en cuenta que en el mundo existen algunos efectos psicológicos relacionados con los primeros encuentros y las primeras impresiones. Y a causa de estos efectos, podemos caer en una trampa. El primer efecto se llama el efecto halo, acuñado por Edward Thorndike, y está relacionado con el sesgo cognitivo. En grandes rasgos, es una tendencia a atribuir ciertos rasgos buenos o malos a alguien o algo. Por ejemplo, si conocemos a alguien y hay algo que nos gusta en esta persona, solemos atribuirle más rasgos positivos. Y al revés. Lo más interesante es que esta persona igual nos recuerda a alguien y entonces le atribuimos las características buenas o malas según nuestras experiencias. Por ejemplo, igual un día alguien que no conozco me quiere regalar un jersey. Podemos estar más que seguros que no va a ser mi amigo. 😉 El efecto halo es una generalización errónea porque nuestro juicio lo basamos en un solo rasgo. Thorndike también investigaba la influencia de lo atractivo. Si alguien nos parece guapo, bello o atractivo, solemos atribuirle más rasgos positivos y somos capaces de decir que es una persona agradable o inteligente. Y si nos parece feo, podemos pensar que es tonto, aburrido o malo. No es que seamos horribles personas que etiquetan a todo el mundo. La culpa es de nuestro cerebro que necesita orientarse y esto no siempre le sale bien. Pienso que es importante que los profes estén conscientes de este error de atribución porque trabajan con mucha gente. El profesor Daniel Kahneman, psicólogo, pero también economista y el ganador del premio Nobel, en su libro Pensar rápido, Pensar despacio enseña algunos ejemplos sobre este efecto omnipresente en nuestra vida terrestre. Y también habla de los profesores señalando que tienen sus alumnos favoritos y tratan mejor a los que sacan mejores notas. No debería pasar, ya lo sabemos, pero suele pasar y va a pasar. Por eso, los profesores deberíamos tener un sistema lo más objetivo posible a la hora de evaluar, por ejemplo. Además, cada profe debería saber que este efecto sí que existe, porque solamente así puede controlarlo y evitar etiquetar a los alumnos a primera vista. 

Te voy a presentar una investigación más y también superinteresante. En el año 1977, dos científicos de la Universidad de Michigan, Nisbett y Willson, realizaron una investigación con sus estudiantes. Crearon dos grupos y les enseñaron dos vídeos diferentes donde un profesor con un fuerte acento extranjero hablaba sobre su profesión. En el primer vídeo el profesor se comportaba muy bien, era muy simpático y contestaba a las preguntas de manera que parecía que le gustaba enseñar. En el segundo, era antipático y autoritario a la hora de contestar y parecía que no le gustaba su profesión. Después de haber visto los vídeos, los alumnos tuvieron que describir el aspecto físico del profesor, pero también evaluar algunos rasgos particulares como su acento. El primer grupo lo describió como una persona físicamente atractiva y dijo que su acento no molestaba, el segundo, todo lo contrario. ¿Más curiosidades? Los estudiantes estaban convencidos de que su evaluación final del profesor no tuvo nada que ver con el hecho de que ese les cayera bien o mal. Ni siquiera cuando los investigadores se lo sugirieron. Los estudiantes del segundo grupo, digamos negativo, dijo que las características particulares del profesor causaron la nota más baja y no la impresión general.  ¿Conclusiones? 

  1. El efecto halo existe y aunque sabemos que es así, no podremos evitar su influencia. Pero podemos tenerlo en cuenta y plantearnos una pregunta: <<¿De verdad es así o acabo de caer en una de las trampas psicológicas?>> Nosotros, los profes, somos humanos y estos efectos también nos conciernen, pero somos estos humanos que deberían caracterizarse por una gran empatía y reflexionar más sobre el trato de otras personas, evitar los prejuicios, generalizaciones y etiquetas en el aula. 
  1. Los profes simpáticos parecen más atractivos y guapos, pues igual un día seré tan simpática que podré ir al trabajo sin maquillaje y mis alumnos no huirán del aula gritando.

Y… ya hemos llegado hasta el final de este episodio. Las primeras veces son difíciles, ya lo sabemos muy bien. En la profesión docente, el primer contacto con nuestros alumnos es muy importante porque en estos momentos empezamos a establecer ciertas relaciones con ellos. Hay muchos efectos que nos pueden borrar un poco el juicio, pero hay que saber también que nos pasa tanto a nosotros, como a ellos. Y por eso, nuestra sonrisa y nuestra actitud positiva hacia los estudiantes pueden ser nuestras aliadas para empezar este año escolar con buen pie.  

Y…. ya está. Espero que te haya gustado este episodio. Si necesitas inspiración e ideas para tus clases de español (porque yo enseño español y no cómo hacer tonterías y no morir en el intento), te invito a visitar mi blog oleedu.pl o seguir mi cuenta en Instagram ole_edu o mi Facebook. También en mi grupo en Facebook comparto ideas para las clases online y presenciales, el grupo se llama Olé Edu educación creativa. Además, en mi blog en la pestaña pódcast puedes encontrar todas las transcripciones de cada episodio.

Y ahora y te lo digo en serio, muchas gracias por haber pasado este tiempo conmigo y espero que mis anécdotas traumáticas te hayan alegrado la existencia. Y si te has reído sabiendo que para mí no era tan gracioso en aquel entonces, te perdono. 😉 Cuida a tus compis nuevos (a los viejos también, pero no tanto 😉), cuida a tus alumnos, pero sobre todo, cuídate a ti mismo.

Muchas gracias una vez más, te he atendido hasta aquí yo, Aga de oleedu.pl, y este ha sido mi pódcast – Te lo digo en serio – donde hemos hablado sobre el efecto halo y la primera impresión. 





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