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Podcast para profesores “Te lo digo en serio” – #2 ¿Te patinan las neuronas?

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Zapraszam Cię do posłuchania mojego humorystycznego podcastu dla nauczycieli. A jeżeli nie lubisz słuchać podcastów, poniżej znajdziesz transkrypcję. 😃 Te lo digo en serio – podcast para profesores.

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un resumen visual 😀

EPISODIO #2

[transcripción]

EPISODIO 2

¡Hola!

Saludos desde la Polonia, donde el viento se apodera de la zona. Yo soy Aga del blog oleedu.pl y este es mi pódcast – Te lo digo en serio. Un programa para profes con una pizca de mi humor polaco.

Hoy vamos a hablar sobre las neuronas que patinan, los plátanos en mi cabeza, mi marido SOBRE el ascensor, los cerebros adolescentes y el masaje neuronal.

En Polonia, tenemos un dicho que siempre me decía  mi abuela: el buey se ha olvidado de cuando era ternero. Y siempre lo utilizaba si un adulto se quejaba mucho de los adolescentes contemporáneos. Y yo ahora utilizo esta frase también, porque a mí no se me ha olvidado mi etapa adolescente. Es peor todavía, yo siempre pienso que tengo 10 años menos de lo que realmente enseña mi DNI. 😉 Pero como también dicen que el frío conserva, pues puedo engañar a todo el mundo. 😉 A decir verdad, últimamente, hasta siento cierta añoranza y, a veces, me gustaría volver a ser adolescente para que mi madre me diga lo que tengo que hacer, me haga la comida y que sea ella la que se preocupe de pagar mis facturas. 😉 Pero no, ya es demasiado tarde… Ahora yo soy la madre y mi madre seguramente está montando unas fiestas alocadas en casa celebrando su libertad. 😉

Si quieres que te sea sincera, yo pensaba que no era de estas adolescentes que causaban problemas pero, cuando me puse a pensar e hice un examen de conciencia, me ha salido algo totalmente diferente… Y cuando mi marido me dijo lo que hacía él… Miedo me da la adolescencia de mi propio hijo. ¡Pero! Los adolescentes no hacen tonterías porque… sí. A ellos, simplemente, les patinan las neuronas. Y utilizando esta expresión, no exagero mucho (aunque suelo hacerlo toda la vida). 😉

Pero deja que te cuente algunas historias que me pasaron y ahora sé por qué me pasaron.

En los años 90, en Polonia, había una telenovela que se llamaba María. El título español era María de nadie. Todo el mundo veía las peripecias de la pobre María que se enamoró de un chico que era y estaba muy rico. 😉 Cosas de telenovelas, vamos. Pero todas las mujeres en aquella serie tenían el pelo muy pero que muy bonito. Largo, liso y con un brillo magnífico. Y ese pelo me encantaba tanto que soñaba con tener uno así. ¿Y qué pelo tenía yo entonces? Lo puedo describir con una sola palabra – estropajo. O como decimos en Polonia – como si un rayo diera en una escoba. Y mi hermana con el pelo larguísimo y muy bonito. La injusticia genética, esto se llama. 😉

Pues un día leí en una revista para mujeres que, para tener el pelo liso y suave, había que ponerse una mascarilla de… plátanos. Machacar un plátano, luego ponérselo en la cabeza, esperar un rato, enjuagar y ya está. Sales con un pelo divino. Y así lo hice… Fui al baño con un bol, dos plátanos y un tenedor para machacarlos. Me bañé, me puse la mascarilla y, cuando iba a enjuagar el pelo, lo toqué… Y resultó que tenía algo pegajoso en la cabeza. Pero no me preocupé mucho. Empecé a  entrar en pánico cuando pasaron 20 minutos enjuagando y todavía mi pelo seguía totalmente pegajoso. 

¡No podía quitar esa maldita mascarilla! En un momento dije que bueno, ya era hora de llamar a mi madre, que me había avisado de que esto no iba a servir, pero yo, como era adolescente, no le hice caso. Y yo tenía mi propia opinión. 😉 Entonces, mi madre me dijo que tenía muchos trozos de plátano en la cabeza porque en vez de triturarlo bien con una batidora, lo hice con un tenedor porque quería hacerlo rápido. ¡Ya me veía con un pelo estupendo como el  que tenía María de nadie

Y sí, yo tenía el pelo más horrible y pegajoso que nadie. Me puse a secarlo porque ni me podía peinar. Y lo secaba llorando, sacando trozos plataneros de mi pelaje. Con el tiempo, mi pelo volvió a su estado normal – estropajoso, pero de vez en cuando encontraba un poco de la maldita fruta amarilla. No  hace falta añadir que luego todo el mundo se reía de mí, porque mi madre contaba esa historia cada dos por tres. Una de mis amigas hasta me retrataba con un plátano en la cabeza.

Y esto no es todo. Otra vez vi un grano en la cara y fui corriendo a buscar mi pomada antigranos, que tenían todas las adolescentes polacas. Y claro, como quería hacerlo rápido, me lo puse en la cara sin mirar el tubo. Me di cuenta después de unos minutos, cuando mi cara se puso roja como el tomate y me picaba como si estuviera en un infierno bailando con los diablos. ¿Por qué? Porque me puse una pomada requete fuerte que calienta la piel, la misma que mi padre utilizaba cuando le dolía la espalda. 

El problema era que para quitarla, había que tener una loción tipo antídoto porque con el agua no se podía. Mi pobre madre ya me veía sin cara en un hospital.  Me puso compresas con el antídoto, y yo estaba en la cama, llorando, pensando que era la protagonista de otra serie – Retorno a Edén. A esa mujer le comió la cara un cocodrilo, pero luego se la reconstruyeron y volvió en la gloria todavía más guapa. Pero no pasó nada de esto, porque resulta que mi piel es irrompible. Además, mi abuela concluyó la situación utilizando otra expresión polaca: <<A lo malo los diablos no lo tocan.>> 😉

Y ahora, cuando pienso en todas esas cosas que hacía, de verdad, me parece que me patinaban las neuronas como si fuera un patinaje artístico con toe loops dobles, triples y cuatriples. 😉 Pero más no te voy a contar porque ya es demasiada pérdida de dignidad para un episodio y hay que recordar que yo trabajo en una universidad y que… menuda vergüenza. 😉

Pero todo esto comparando con lo que una vez hizo mi marido de adolescente…

Una vez alguien tocó a la puerta. Su madre la abrió y vio a los amigos de mi marido. Entonces, uno de ellos dijo: Buenos días, nos gustaría decir que Maciek (así se llama mi marido) está atrapado SOBRE el ascensor.

–          En el ascensor – dijo su madre.

–          No… sobre el ascensor – contestó el chico.

–          Pero no se dice <<sobre el ascensor>>  sino <<en el ascensor>> o <<dentro del ascensor>>.

–          Pero el está… SOBRE el ascensor. – respondió el chico ya nervioso.

¡Y el pobre tenía razón! Mi marido con sus amigos descubrieron que se podía parar el ascensor entre dos plantas poniendo un alambre en un hueco. Luego, abrías la puerta, tenías que subirte y viajar sobre el techo de un ascensor, así que no dentro del ascensor sino SOBRE. Cosa totalmente irresponsable y peligrosa. Y un día el ascensor se estropeó y mi marido pasó ahí unas horas porque tenía que llegar un servicio adecuado para sacarlo de ahí. Patinaje neuronal nivel campeonato mundial, comparando con mis plátanos en la cabeza, ¿no crees? Yo no podía peinarme, pero mi marido podía caerse y <<hasta luego, MariCarmen>>.

Y ahora… ¿por qué los adolescentes hacen estas cosas con más frecuencia que los adultos? ¿Por qué en nuestras clases muchas veces los adolescentes nos molestan tanto con las ideas que nos parecen totalmente tontas? Algunos dicen que es porque no utilizan sus cerebros. Y siento desilusionarte, pero no es posible. 😉 Todos los utilizamos y aún más de 10%, el número sagrado que presentan algunos cerebromitos. Aunque yo a mis alumnos adolescentes los llamaba <<estrellas del mar>> porque dichas estrellas no tienen cerebros y funcionan muy bien. 😉 Y son bonitas, así que todo con cariño, ¿eh? 😉

Pero bueno, ahora ya te lo digo en serio, los adolescentes tienen un problemilla… Y el problema está relacionado con el cerebro que sí, que tienen, pero sus cerebros cambian todo el tiempo. Bueno, los nuestros también, pero no tanto y no con tanta intensidad.

Y todo esto explica muy bien uno de los profesores que tuve la suerte de conocer en persona participando en sus talleres – neurobiólogo Marek Kaczmarzyk, entre otros científicos, claro. La culpable aquí es… la corteza prefrontal (una parte del lóbulo frontal) que todavía no está suficientemente madura y estructurada. Y su función es muy, pero que muy importante porque gracias a ella planeamos lo que hacemos, reflexionamos sobre las consecuencias y, también, es esta corteza que nos tranquiliza diciendo <<frena el caballo, humano>> cuando entramos en los estados emocionales muy violentos e inesperados. (Ahora pienso que mi corteza todavía tiene que madurar un poco más o tiene que hablar más alto. 😉) Y la pobre corteza necesita más o menos 20 años para madurar. Así que, si trabajamos con adolescentes, pasamos con ellos y con sus neuronas enloquecidas por una etapa muy difícil. 😉

Otra cosa es que la gente (y los animales también) quiere hacer cosas que traen placer. Y esto ya lo hacían nuestros antepasados. Por eso, cuando nuestros cerebros evaluaban, apareció algo que se llama el sistema de recompensa – un grupo de neuronas a las que les gusta la dopamina (¿Y a quién no? 😉) – la hormona de la felicidad. En los años 50, dos científicos Olds y Milner realizaron un experimento con ratas y demostraron que esos roedores que tenían un electrodo implantado aprendieron a presionar un botón que transmitía una corriente a través del electrodo estimulando las neuronas, pero no las dañaba. Los ratones aprendieron a hacerlo porque sentían algo placentero en el cerebro.

Y en un momento, los científicos tenían que parar el experimento porque los animales se concentraron solamente en presionar la palanca. Dejaron de comer, beber y hasta de cuidar a las ratas pequeñas.

Según los neurobiólogos, puede pasar que los impulsos primero, pueden ir a un grupo de células llamadas el núcleo accumbens que significa «núcleo que yace sobre el septum». Estas neuronas también dirigen sus puntas hacia la corteza prefrontal, pero ahí echan sustancias parecidas a los opioides. ¡Algo parecido a los opiáceos como la heroína! Y si esta sustancia aparece cerca de la corteza prefrontal, queremos hacer algo más y más porque es muy placentero. Y esto me parece muy fuerte que nuestro cerebro sepa drogarse cuando le dé la gana. 😉

Pero, en el caso de los adolescentes, cuando sus cerebros todavía se están transformando como un transformers cerebral, moldeando y modificando todo el tiempo, son más susceptibles a la influencia del sistema de recompensa. Y por eso, los adolescentes tienden a hacer tantas tonterías, muchas veces tan peligrosas. Y, desgraciadamente, con más frecuencia se vuelven adictos a algunas sustancias o los videojuegos. Los cerebros adultos ya saben mejor cómo controlar todo, aunque, cuando vemos la tele o leemos las noticias u observamos la sociedad… parece que no todos. 😉 Pero por lo menos… menos. 😉 Mucho menos.

Por eso, los adolescentes arriesgan más, porque el riesgo lo relacionan con algo placentero. O, más bien, lo hacen sus cerebros.

Y lo que más me gusta es que el doctor Kaczmarzyk dice que todo este conocimiento sobre el cerebro lo podemos utilizar en la didáctica y en nuestro trabajo docente, porque el sistema de recompensa está relacionado con la motivación. Por ejemplo, los jóvenes cuando estudian y encuentran en este hecho algo placentero y reciben un premio que ¡ojo! no esperan, luego, en el futuro, buscarán los impulsos parecidos.

Es uno de los trucos que puedes observar en los videojuegos. Yo no soy muy de jugar con la consola, pero mi marido (sí, él del ascensor) sí. Y, a veces, lo estoy observando como si fuera un mono en un laboratorio, porque observo cómo se comporta la gente cuando juega. Y una vez noté que recibía premios que salían de no se sabe dónde. ¿Pues le pregunté qué premios eran? Y me contesta: <<Ni idea, pero es muy agradable recibirlos.>>

Aquí nos saluda la famosa gamificación de la que seguramente te voy a contar algo en uno de los episodios. Estos premios inesperados son una de las cosas que motiva a los cerebros adolescentes (y a los adultos, pero a los primeros mucho más, creo 😉).

¿Cómo hacerlo en el aula? Cada uno de nosotros tiene que pensar en qué manera puede motivar a sus alumnos. Y no, no es asignarles solamente puntos por ser obedientes y escuchar a la profesora (creo que de esto también hablaremos un día). Si tus clases son más aburridas que – como lo decimos en Polonia y es una metáfora bastante… fea – <<las tripas con el aceite>> – lo siento, a los adolescentes no los vas a motivar. Ni a ti. 😉 No sé si conoces la serie Good Place de Netflix. 

No voy a spoilear, pero en la serie hay un grupo de personas que se mueren y van a… Good Place, es decir, al cielo. Viven muchas aventuras, pero en un capítulo escuchan una musiquita muy agradable. Entonces, una de las protagonistas dice que esta música es como el masaje para el cerebro. Muy chulo, ¿eh? Imagínate algo así en tus clases. Que tus clases (y las mías también) son como un masaje neuronal para los cerebros de nuestros alumnos tanto adolescentes, como adultos. Dios… ahora será mi sueño. 😃 Masajear las neuronas. 😃

Bueno, ya vamos acabando, pues – un resumen. Aquí habrá moralejas de la Aga más sermónica que el Arcipreste de Hita. 😉

1.       No es cosa buena, la cabeza en los plátanos vestirse, después es normal arrepentirse. 😉

2.       Bueno, número dos ya será una morelaje moderna: no viajes sobre el ascensor porque primero, eres adulto y tu corteza prefrontal debería haber madurado ya. Segundo, te van a rescatar, pero luego te encerrarán en una habitación sin picaportes para examinar tu corteza. Tercero, te despedirán del trabajo. Con mucha probabilidad. 😉

3.       La moraleja número tres: paciencia, paciencia y todavía más paciencia con los adolescentes, porque sus cerebros están creciendo. Y aquí no quiero decir que les dejemos hacer tonterías y viajar sobre el ascensor, no. Nada más lejos. Simplemente, con ellos hay que hablar, hay que enseñarles las consecuencias, desarrollar el pensamiento crítico, darles tareas que les permitan resolver problemas y razonar. ¿Y si se equivocan? Tienen todo el derecho a hacerlo. 

Y aunque, seguramente muchas veces nos sacan de quicio, tenemos ganas de salir del aula dando un portazo, hacer la maleta e ir a criar un ganado en un tranquila montaña en Suiza y no volver nunca más, yo siempre en estos momentos pienso que cuando les madure el cerebro, me van a recordar con cariño y nostalgia. 😉 Pero antes en mi cabeza, y te lo digo en serio, los mando a todos a Marte con el billete de ida y sin vuelta o pienso que soy Lola Flores que dice <<¡Si me queréis, irse!>> 😉 

 Y hay que saber que no todos son iguales, cada cerebro madura en su tiempo, por eso unos hacen más tonterías y otros menos. 😉 Como me dijo una vez uno de mis mejores estudiantes y muy simpáticos: <<Yo de adolescente era un idiota de remate y  no sé por qué. Me da vergüenza pensar en lo que hacía.>> Y nosotros ya conocemos el porqué.

Cada uno de nuestros estudiantes tiene su bagaje tanto cultural como familiar. Hay muchos factores que influyen en su comportamiento y, te lo digo en serio, en mi vida he conocido historias que no deberían pasar a los adolescente. No deberían pasar a nadie. Su entorno es algo que no depende de nosotros pero, conociendo un poco la naturaleza de un cerebro humano, podemos tener en cuenta algunos cambios en su desarrollo cerebral. Les podemos ayudar y apoyar. Y hacer nuestras clases un poco más interesantes. 😉

Muchas gracias por haber pasado este tiempo conmigo, TE LO DIGO EN SERIO. Espero que te haya gustado todo lo que te he presentado hoy. Si te gustaría compartir algo con respecto con otros profes, visita mi Facebook Olé Edu o mi Instagram ole_edu o mi página y déjame un comentario, te estaré muy, muy, muy agradecida. ❤ Además, en mi página encontrarás la transcripción de este episodio.

Muchas gracias una vez más, te he atendido hasta aquí yo – Aga de oleedu.pl – y este ha sido mi pódcast, TE LO DIGO EN SERIO, donde hemos hablado sobre el sistema de recompensa en un cerebro adolescente y en la vida humana en general.

¡Chau, adiós!

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